jueves, 26 de octubre de 2017

¿De verdad sigue siendo cicatriz si ya no recuerdas cómo te la hiciste?

Una vez me dijeron que el jazz se entiende a partir del séptimo whiskey.

Desde entonces cada vez que suena un saxo me dejo llevar sin comprender nada. 

Sigo preguntándome el por qué de todo, por qué me impactan cosas que ya no tienen ni razón ni motivo.

Quizá si digo en voz alta que lo he olvidado me convezca de que es cierto.
Y volveré a perderme en pentagramas donde notas comprenden mejor que las personas. 

Me iré donde el ruido se vuelve arte, música y acaba en jazz desorientando a cualquiera que intente comprenderlo estando sobrio.

¿De verdad  es lo mismo dejar huella que dejar marca? 
Cómo comparar el tacto de un roce perfecto a un golpe fortuito contra el lugar preciso. 

¿Qué clase de belleza es esa que defiende y define las debilidades? 

En un arrebato tiemblo y pienso que quizás echar de menos no es tan malo.
Que en cuerpo y alma no me quedan heridas ni cicatrices,
 si acaso, 
alguna que otra marca como forma de decir que aquí hubo una vez un sentimiento inefable 
y sin embargo, con el tiempo, ni siquiera el dolor ha encontrado la forma de quedarse.