lunes, 15 de octubre de 2018

Tres huellas y un atardecer

Tengo tres atardeceres marcados en la piel
En la vista, y en la memoria.

El primero ocurrió
En lo alto de unas montañas Marroquíes
Lo intento describir aunque el solo recuerdo
Se me haga inimaginable.
Las montañas hacían de sus curvas sendero,
Y no había fin. No había fin.
El cielo tenía más tonalidades de las que nunca podrías imaginar,
Y, mientras el sol se iba,
Todo el paisaje cambiaba.
Y sentada en la roca pensaba
Que vivir con tan poco a veces es más que suficiente.
No había farolas que pudiesen encenderse
Así que el cielo se encendió solo.
Creo que no volveré a verlo tan estrellado en mi vida.
La luz de las estrellas se creía luna
Y juro que por un momento realmente tocábamos el firmamento con las manos,
Aunque se nos hiciese infinito.

El segundo fue traído por el mar,
En la Costa Irlandesa,
No había ruido
Pero una banda sonora comenzó a sonar en mi cabeza.
Y el viento soplaba en forma de brisa suave
Que allí nadie comprendía.
Era verano, por primera vez en quince años allí era verano.
Recuerdo contemplarlo y no saber que hacer con tanta emoción.
Recuerdo llenarme los pulmones mientras escuchaba Hope de Little Hours.
El mar se me hacía inmenso
Y el cielo inexplicable.

El tercero no vistió paisajes,
No hubo montañas, ni mar, ni ríos.
No salía de cuentos ni novelas pastoriles.
El tercero se dejó sorprender por enormes rascacielos,
Que desafiantes buscaban rozar el cielo,
Atravesar con su frío metal las nubes.
Robar un suspiro al viento y tentar a las alturas.
Este atardecer tampoco vistió sol
ni luna cuando oscureció.
Se encapotó y realmente pensé que eso se llevaría toda su belleza.
Sin embargo, por primera vez, la luz y la magia se refugiaban en miles de ventanas mojadas.
Todo se fue iluminando poco a poco.
Destellos salían de toda la ciudad a la vez
Que todos guardábamos silencio.
Desde aquel piso 67 vimos el Empire States brillar.
Os prometo, la inmensidad de aquello podría sobrecoger a cualquiera.
Esta vez escuchaba "Tal vez te acuerdes de mí" de Andrés Suárez.
Me imaginé a Nueva York cantandola y la duda estuvo al borde de mi ofensa.
¿Quién en su sano juicio podría olvidar ese instante?

Analizar los atardeceres me ha llevado a la conclusión
De que ellos solos son el punto y final.
No necesitan análisis sino sentimientos.
Los atardeceres te matan como acaban con el día y aún con eso, te hacen sentir un poco más vivo. porque son la única forma suave de acabar.
Y no importa cuando ni como, siempre te llenarán el alma si los observas con atención.





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